Acapulco, Taja, diversificación económica

Miguel Ángel Arrieta

En 1986 el destape de José Francisco Ruiz Massieu a la gubernatura de Guerrero, marcó el fin del modelo tradicionalista sobre el que se desarrollaban las campañas electorales. La intelectualidad del acapulqueño generó un nuevo discurso y ante todo sentó las bases para que las propuestas políticas se generaran a partir de las circunstancias y no de la visión abstracta con que funcionaban hasta entonces.

El legado ruizmaseuista determina pues que cuando la circunstancia es cruda, se impone a la politiquería.

En este contexto, durante las últimas semanas el concepto parece haber cobrado vigencia dentro de los mensajes dedicados a sus militantes por los aspirantes a presidentes municipales.

De hecho, el eje rector del discurso expresado el pasado fin de semana por el virtual candidato del PRI, Ricardo Taja Ramírez, fue construido con los escombros de la complicada circunstancia por la que atraviesa el puerto.

“En Guerrero el desarrollo parece haber pasado de noche”, fue una de las frases con las que Ruiz Massieu abrió su campaña para gobernador, y esa sentencia se fijó como parámetro para entender desde donde habría que considerar la realidad de un territorio al momento de proponer modificaciones.

En Acapulco la atmosfera se apega a una realidad desastroza: el desplome de la economía avivado durante los últimos gobiernos municipales, se ha convertido, -lamentablemente-, en el principal venero surtidor de problemas socioculturales.

Cierto es que Acapulco se ubica entre las cinco primeras ciudades más inseguras de México, con una tasa de homicidios dolosos de 100 por cada 100 mil, cinco veces más que el promedio nacional, lo que ha sido capitalizado por algunos pre candidatos a la alcaldía para promoverse como los poseedores de la varita que solucione el crecimiento de la criminalidad.

Sin embargo, en el fondo la inseguridad, el desempleo y el cierre de negocios se desprenden de un fenómeno lacerante más amplio que hizo presencia en el puerto mucho antes que cualquiera de ellos: la dependencia económica monotemática.

Es decir, una economía carente de diversificación y oxigenada únicamente por el renglón turístico.

Derivado de esta situación la economía local se mantiene en picada y las alternativas de superar el problema son limitadas ante el precedente de que los ingresos financieros del puerto provienen en un 95 por ciento del turismo.

Recientemente el politólogo Rafael Fernández de Castro, especialista en temas globales, publicó las conclusiones de una tesis doctoral en preparación para la Universidad de Chicago, atribuida a Marcel Andauiza, sobre el porqué del declive económico de Acapulco.

“Por cuatro siglos, desde su descubrimiento en los 1520 hasta los 1920, basó su desarrollo en una economía de puerto. De la década de los 1940 al presente, está basada en una sola industria: el turismo”, establece Andauiza.

Y agrega: -el auge lo convertiría en un polo de atracción migratoria. La montaña y la costa chica de Guerrero eran zonas netamente expulsoras. En pocos años, de los 60 a los 80, se convierte en una ciudad sobrepoblada y desordenada. Y al igual que otras ciudades de crecimiento explosivo como Tijuana, Ciudad Juárez y más recientemente Playa del Carmen, Acapulco se vuelve ingobernable, violenta y con acusados contrastes sociales aún para estándares mexicanos.

De los 90 a la fecha, el puerto es la ciudad mediana del país con menor crecimiento poblacional, sólo 0.9 por ciento. Su economía basada en construcción, comercio minorista y un turismo ramplón –hoteles y restaurantes— están a la base del atasco.

En 2013, por ejemplo, es la ciudad del país con la productividad más baja y también se lleva las palmas con el PIB per capita más bajo nacional.

De ahí que cuando Ricardo Taja establezca que detrás de cada crisis económica se localiza un agotamiento social, coloque la circunstancia de Acapulco por encima del mensaje partidista y unidireccional.

La ecuación es obvia; la mala planeación económica genera pobreza y la pobreza deriva en corrupción, malos servicios, inseguridad y la pérdida de la gobernabilidad.

El problema de fondo es que hasta ahora ningún alcalde, por lo menos en los últimos 30 años, ha sabido resolver el desafío y han evitado comprometerse en el tema.

Pero ahora, ahí está planteado..

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